Cataluña y España

   

   España se encuentra inmersa en una grave crisis política desde hace varios años. En estos momentos los acontecimientos que se están viviendo en Cataluña convierten a esta comunidad autónoma en el epicentro de una nueva fase más crítica dentro de un proceso de debilitamiento general del sistema político español. El punto de partida de esta situación se encuentra en la crisis de la deuda que comenzó en 2010 y alcanzó su momento crítico en 2012 cuando España estuvo a punto de ser intervenida y se vio obligada solicitar ayudas a la Unión Europea para posibilitar el rescate de la banca, mayoritariamente de las antiguas cajas de ahorros. Un año antes de esta intervención en las principales plazas de las ciudades españolas tuvo su desarrollo el movimiento del “15 M”, que criticaba abiertamente el sistema político y achacaba gran parte de las culpas a los partidos tradicionales; lo que se convirtió en una consecuencia social de la crisis.

   Las tensiones terminaron por afectar al sistema político, en concreto a los propios partidos políticos. En el congreso entraron con fuerza dos nuevas formaciones, Ciudadanos y Podemos, que debilitaban el papel de las tradicionales, Populares y Socialistas, convirtiendo la formación de gobiernos y el establecimiento de mayorías en el parlamento en un proceso largo y complejo.

   Mientras el sistema de partidos entraba en crisis el conflicto en Cataluña ha empezado a alcanzar una mayor dimensión hasta llevar al Estado también a una de las mayores crisis, sino la mayor, desde la aprobación de la constitución en 1978. Entre los años 2011 y 2012 comenzó a gestarse el movimiento independentista que estamos viviendo; un nacimiento paralelo a la aparición del movimiento del 15 M, una de cuyas manifestaciones fue la constitución de la Asamblea Nacional Catalana en 2012. Precisamente este último año tiene lugar la primera de la Diadas multitudinarias, se estimó en más de 600.000 asistentes, que han venido celebrándose desde entonces.

   El independentismo se convirtió desde ese momento en la bandera de los gobiernos de la Generalitat que Artur Mas presidía desde 2010, iniciándose un autentico pulso con el gobierno español. El partido de Artur Mas, Convergencia Democrática de Cataluña, evolucionó de un nacionalismo moderado a la abierta reivindicación de la independencia, en ello tuvieron el apoyo de Esquerra Republicana de Cataluña que ya se había identificado con en independentismo unos años antes. La reivindicación independentista pasó a ser el principal argumento político en Cataluña planteado a través de la exigencia al Estado de un referéndum que permitiera acceder a la ansiada independencia. El referéndum por la independencia de Escocia, autorizado por Gran Bretaña, y celebrado en 2014 parecía mostrar el camino a los independentistas catalanes. Ante la negativa del Estado Español en noviembre de 2014 se realizó una movilización con apariencia de referéndum de autodeterminación. El fracaso de esta actuación condujo a unas nuevas elecciones autonómicas en 2015, planteadas como plebiscitarias, en las que los partidarios de la independencia obtuvieron una mayoría de escaños en el parlamento autonómico catalán, aunque un porcentaje de votos inferior a la mitad. Se formó un nuevo gobierno de la Generalitat presidido por Carles Puigdemont con consejeros de Junts pel Sí, una coalición entre los antiguos convergentes y los republicanos, ahora decididos a alcanzar la independencia. La lucha de los catalanes por el ansiado referéndum con el gobierno de la nación que lo rechaza ha llevado a un nuevo proceso participativo el 1 de Octubre de este año de 2017, sin validez como referéndum, e idéntico al de 2014, que aboca a los independentistas en coherencia con su discurso de los últimos años a una declaración unilateral o a reiniciar un nuevo ciclo electoral.

   Las llamadas al dialogo son un brindis al sol, puesto que la postura de la Generalitat no tiene encaje en el marco legal español. No es posible un acuerdo que satisfaga a ambas partes. La aparentemente inocua petición de un referéndum implica convertir a Cataluña en un cuerpo electoral soberano y por lo tanto significa otorgar la independencia en realidad. Una vez permitido el referéndum, aunque saliera el no, este siempre se puede repetir en el futuro hasta obtener la deseada respuesta afirmativa puesto que ya existe un precedente y está reconocido el cuerpo electoral. Todo parece indicar que en los días anteriores al 1 de Octubre la Generalitat ha empezado a perder el control del proceso independentista, algo que trató de dirigir Artur Mas en su provecho; retornando la iniciativa a las masas y asociaciones sociales de donde salió en el ya lejano 2012, haciendo más imprevisibles los acontecimientos futuros.

   Mientras, en Cataluña existen millones de personas que quieren permanecer en España, se sienten preocupadas y consideran que sus derechos pueden no estar defendidos en un Estado Catalan Independiente. La crisis mayor que atraviesa nuestro país en las últimas décadas y que nos retrotrae a los dramáticos años de la Guerra Civil está es su momento álgido a la hora de escribir estas palabras. No se puede presentar aislada de los acontecimientos de los últimos años y puede que aún tenga más episodios en los próximos.

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La descomposición de la Sociedad Islámica

 

   La Sociedad Islámica es una de las grandes civilizaciones de la historia de la humanidad y en la actualidad es una de las que aún tiene presencia en el panorama de las sociedades mundiales. Resulta evidente que en el momento actual atraviesa por unos tiempos convulsos. Varios países musulmanes atraviesan en estos momentos por graves conflictos internos y se encuadran en la categoría de los llamados Estados fallidos. En ellos la violencia se ha extendido y los gobiernos no tienen el control sobre amplias zonas de territorio, hay varios gobiernos o están en una abierta guerra civil. Son los casos de países como Afganistán, Iraq, Libia, Yemen, Somalia o Siria, en este último el conflicto está siendo especialmente grave y prolongado.

   En la Sociedad Islámica existen históricas diferencias tribales dentro de los árabes y étnicas de los árabes con los turcos y los persas o con grupos como los kurdos. Estas tensiones nunca han dejado de existir. Además en estos momentos está alcanzando especial virulencia el conflicto religioso interno, también de ondas raíces, entre sunnies y chiies, agravado por la extensión entre los primeros del wahabismo, una versión especialmente radical y extrema de la doctrina islámica. A todos estos factores se añade una autentica explosión demográfica que ha llenado los países musulmanes de grandes masas de jóvenes, muchos de ellos desempleados en los que están calando las doctrinas extremistas y el rechazo a occidente, considerado como el causante de muchos de los males.

   Todo ello configura a la Sociedad Islámica como una sociedad en descomposición. Numerosas estructuras estatales no están funcionando de manera adecuada, mientras que algunos países se mantienen estables gracias a los beneficios del petróleo. Otros países deben la estabilidad a su tradición estatal, como Irán o Turquía. La violencia se ha convertido en un elemento consustancial a esta descomposición, se ha extendido por varios países y también afecta a Europa, tanto como consecuencia de acoger en su territorio amplias minorías de población procedente de estos países, que en algunos casos se ha radicalizado, como por el resentimiento que existe hacia occidente.

   La debilidad de las estructuras estatales en el mundo musulmán que han llevado a la aparición de los Estados fallidos es un proceso histórico. Desde el siglo XIV la principal institución política del mundo musulmán era el Imperio Turco, una entidad cuya evolución política estaba más ligada al mundo europeo. Sin embargo el Imperio Turco había entrado ya en el siglo XVIII en una etapa de decadencia, de hecho los otros estados europeos consideraran a los otomanos como “hombre enfermo de Europa”. La debilidad turca propició la presencia colonial europea en la Sociedad Islámica a partir del siglo XIX, primero en Argelia, Túnez y Egipto y continuó con la definitiva desaparición del Imperio Turco tras la Primera Guerra Mundial, cuando franceses y británicos se repartieron los territorios árabes controlados por los otomanos, creando protectorados en Iraq, Siria y Palestina, faltando a la promesa hecha a los líderes árabes durante la Guerra.

   Al finalizar la Segunda Guerra Mundial, y con la mayoría de los países musulmanes convertidos en Estados independientes, llegó el complejo y aún no finalizado conflicto árabe-israelí, que ha servido sobre todo mostrar la ineficacia de las estructuras estatales de la Sociedad Islámica y su falta de coordinación frente a un enemigo común. El estado nación, una estructura creada en Europa a lo largo de siglos, se ha establecido en la Sociedad Islámica sin tener en cuenta sus diferencias frente a la europea; sin embargo tenia la ventaja para los países occidentales de facilitar la conexión con los líderes de los nuevos estados sobre los que se podía influir políticamente.

   La Sociedad Islámica ha entrado en una etapa especialmente conflictiva hace unos cuarenta años cuando tuvo lugar la caída del Sha del Iran, con la instauración de una República Islámica en este país en 1979, y la invasión soviética de Afganistán en ese mismo año. El primero de los acontecimientos ha servido para agudizar el enfrentamiento histórico entre chiies y sunnies. Es un problema para los países musulmanes con presencia de ambos grupos como Iraq o Siria, por las tensiones religiosas que acarrea. El segundo acontecimiento inició un intervencionismo militar directo en el mundo musulmán en el que los países occidentales han tenido un gran protagonismo y que aún continua.

   A partir de los atentados del 11 de Septiembre de 2001 sobre las Torres Gemelas el intervencionismo occidental sobre la Sociedad Islámica ha tenido tal importancia que parecía buscar un nuevo orden mundial, aunque, pasados unos años, tras los resultados cosechados se pueda considerar como completamente fracasado. Dos países invadidos, Afganistan e Iraq, continúan sumidos en graves conflictos mientras que las dos rebeliones incitadas en Siria y Libia se mantienen como guerras civiles no finalizadas. Instalado en la inestabilidad creada ha surgido el Estado Islámico, el desafío mayor de la violencia musulmana de las últimas décadas que ha consolidado la ocupación de un territorio propio abarcando parte de Siria e Iraq.

   En un contexto de violencia generalizada y desintegración de las estructuras estatales la Sociedad Islámica se enfrenta a unos tiempos turbulentos que amenazan con destruirla tal y como la hemos conocido hasta ahora.

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Viviendo con Stalin

 

Recientemente ha visto la luz versión en castellano del libro publicado en 2015 por la conocida historiadora de la Rusia Soviética Sheila Fitzpatrick sobre los colaboradores más próximos de Stalin titulado El equipo de Stalin. La obra es una interesante retrospectiva de todo el periodo de gobierno de Stalin narrada desde el punto de vista de la actuación y relaciones con el líder de los principales colaboradores de Stalin, algunos de los cuales como Molotov o Jrushchov han alcanzado una relevancia histórica propia en el devenir del siglo XX, tanto por el papel que jugaron en la etapa estalinista como más allá incluso de sus cargos ministeriales.

El libro habla de las trayectorias de las personas más próximas al líder soviético. Aparte de los mencionados se encontraban otros más como: Kaganóvich, Mikoyan, Malenkov, Borosilov o el siniestro Beria que aparece relativamente humanizado. Los protagonistas son presentados como un grupo de trabajadores entregados y eficaces en las tareas de construir el Estado Soviético. Está bien explicado el contraste entre estos grises personajes con los brillantes y cosmopolitas intelectuales como Trotski depurados ya en los años veinte antes de los grandes procesos de la década posterior. Residentes varios de ellos en apartamentos en el Kremlim, eran acompañantes permanentes del líder y en este sentido es curioso como establece la evolución de la importancia de cada uno a través de la frecuencia con la que visitaban el despacho de Stalin. Pero también eran compañeros en la vida privada, son interesantes los relatos de esas interminables noches que empezaban con una película, continuaban en la cena y se prolongaban con veladas en las que el alcohol fluía en abundancia en la dacha de las afueras de Moscú.

Resulta evidente que el mayor problema que enfrentó el equipo de colaboradores fueron las purgas conocidas como Procesos de Moscú acontecidos en los años treinta, relatados en el libro con acierto pese a las dificultades del tema, y calificados por la autora claramente como juicios manipulados. Los dos miembros del equipo más implicados, aparte del propio Stalin, son Beria y Malenkov, aunque en el caso de este último solo se perfila su actuación. El resto tuvieron un grado mayor o menor de participación aunque no está claramente explicado, en todo caso vieron como a su alrededor desaparecían camaradas y militares acusados de los hechos más fantásticos imaginables. Quedará como una duda si les parecía bien todo aquello o decidieron imbuirse en la burbuja estalinista. En todo caso debido a su carácter gregario y al perfil personal oscuro apuntado anteriormente, parecían los indicados para aceptar las depuraciones. Molotov al hacer un balance de los grandes episodios del gobierno de Stalin sitúa los Procesos de Moscú, junto con la gran hambruna resultado de la colectivización forzosa en el campo en los años treinta, como los grandes errores o actuaciones negativas de todo el período, estas estarían compensadas por la industrialización del país y por supuesto por la decisiva victoria en la Segunda Guerra Mundial, que encumbró a la Unión Soviética como una gran potencia y fue especialmente importante dado que el zarismo había sucumbido debido a su derrota en la Primera Guerra.

No obstante, los Procesos de Moscú, aunque tienen un capítulo dedicado por entero quizá les correspondía una dimensión mayor, y esto es sin duda la crítica mayor que se puede hacer al libro de Fitzpatrick. Los Procesos, además de su importancia política por mostrar el lado más brutal del estalinismo, están en el origen del desenlace del relato que se nos presenta, pues es Jrushchov, aparentemente el menos implicado en las depuraciones, algo cuestionado por los otros miembros del equipo, el que pone en marcha la investigación de los mismos, toma el decisivo protagonismo en su divulgación y decide apartar del gobierno a los consideraros como más implicados y opuestos a sacar a la luz pública los crímenes y la consiguiente autocrítica, los denominados con un lenguaje aún estalinista como Grupo Antipartido (Molotov, Malenkov y Kaganóvich)

Mención aparte merece la desaparición de Beria. Como explica la autora los otros miembros del equipo sentían miedo de él por ser el dirigente de la policía política del régimen, posible poseedor de secretos de cada uno de ellos. Su eliminación, con un juicio rápido e igualmente rápida ejecución, fue una última gran actuación de estilo estalinista de aquellos que estaban deseosos de dejar el estalinismo. Jrushchov se sentía orgulloso de haber realizado una de las pocas transiciones de poder en Rusia sin víctimas; la depuración del Grupo Antipartido no fue violenta, en este proceso hay que excluir precisamente la actuación sobre Beria, considerado uno de los mayores responsables de las grandes purgas y un obstáculo para el discurrir de la nueva etapa.

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El auge del populismo

   Uno de los fenómenos políticos más destacados de la segunda mitad de la década de los diez de este siglo XXI es el fuerte auge que han cobrado en los países del mundo transatlántico los partidos y personajes políticos catalogados como populistas hasta el punto de hacer realidad sus posibilidades de acceso a poder.

   El populismo es una manifestación política difícil de definir y que no encuentra un acomodo fácil en el panorama político de los distintos países en los que surge. Sin embargo, de manera genérica calificamos como populista a aquel político que gracias a su capacidad de liderazgo apela directamente al pueblo, arrogándose una capacidad de intermediación con las clases populares, algo que en un principio puede ser común a muchos políticos, pero que en los populistas aparece como una marca de distinción. El otro elemento presente y de gran importancia es el mensaje antielitista, ya sea esta élite una casta política o miembros del sistema económico financiero.

   Por otro lado, aunque el populismo tiene por costumbre utilizar unas siglas propias puede encontrar acomodo dentro de los partidos tradicionales, conservadores o socialdemócratas como estrategia política. Por lo que respecta a su relación con el fascismo tiene puntos en común con esta ideología como es la importancia del liderazgo y su contacto con las masas, pero no es exactamente lo mismo pues no es totalitario y no rechaza totalmente el sistema parlamentario.

   Hay varios notables ejemplos de populismo a lo largo de la historia. Uno de ellos fue el político norteamericano William Jennings Bryan que se presento a la presidencia de Estados Unidos por el partido demócrata varias ocasiones a finales del siglo XIX y principios del XX, con una propuesta contraria al patrón oro y al incipiente imperialismo de su país. El argentino Juan Domingo Perón es otro de los más conocidos políticos populistas, en concreto por sus años de gobierno entre 1946 y 1955 con el movimiento político justicialista

   La clave de la aparición del populismo se encuentra en la ruptura del consenso social. Precisamente ocurre en sociedades modernas, mayoritariamente se da en países occidentales y es la respuesta a un shock que rompe los equilibrios existentes y altera de manera radical el reparto de la renta en un país, por eso son habituales de las crisis económicas de gran envergadura. Es evidente que en estos momentos los países de Europa occidental y Estados Unidos están atravesando por un periodo que posibilita el auge del populismo.

   Hay una tendencia a establecer un paralelismo entre el momento presente y los acontecimientos vividos en el período de entreguerras, cuando conocimos un auge del fascismo en Europa. La situación no es exactamente igual. En estos momentos estamos viendo un auge de la ultraderecha en Europa, en países como Hungría, Finlandia, Alemania u Holanda; básicamente en países germánicos y sus tradicionales aliados magiares. Este movimiento, que carece de la fuerza del que conocimos en los años veinte y treinta del pasado siglo, puede incorporar planteamientos populistas. Por otro lado en los países del sur, de tradición latina, lo que se está produciendo, en mayor o menor medida, es una descomposición de los partidos tradicionales de centro derecha y socialdemócratas identificados con la corrupción política y con las dificultades económicas por las que atraviesa el modelo económico neoliberal. Estos partidos están siendo sustituidos por otros de nueva creación en Francia, España, Italia o Grecia, tanto de derecha ,entre los que también está presente la ultraderecha, o como de izquierda, todos ellos de manera puntual pueden adoptar también un lenguaje populista.

   Por lo tanto más que populismo como tal, más que políticos adscritos al populismo en Europa y Estados Unidos en el momento actual, encontramos políticos que utilizan estrategias o dialécticas populistas con la finalidad de ampliar su espacio político por la presencia cada vez de más actores; los partidos tradicionales que aún no han desaparecido junto a los nuevos. Uno de los ejemplos de estas actitudes se encuentra en la postura de algunos conservadores británicos ante el Brexit, una consecuencia evidente del auge del populismo, con el que han pasado a identificarse plenamente. Igualmente, Marie Le Pen ha reconvertido su discurso del ultraderechismo de su padre a un populismo.

   La otra gran diferencia del momento actual con el vivido hace 80 años en Europa estriba precisamente en el comportamiento de las élites. Si entonces se vieron desbordadas y aceptaron el fascismo como un mal menor, o eso pensaban, ante el peligro del comunismo, en la actualidad están más comprometidas con el sistema socioeconómico pese a las evidentes dificultades por las que este atraviesa. Aunque vivimos un evidente auge del populismo aún es pronto para considerar que sus planteamientos muchas veces demagógicos hayan calado en la sociedad como para posibilitar su presencia en los gobiernos occidentales.

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Crisis política en España

 

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   Hace unos meses escribí una entrada sobre la situación política en España y las consecuencias del nuevo panorama creado por la aparición de dos fuerzas nuevas Ciudadanos y Podemos que han roto el tradicional bipartidismo ejercido por el Partido Popular y el Partido Socialista. La situación de deterioro que se vislumbraba entonces ha llegado a lo que se puede llamar sin paliativos como crisis política que de no encontrar solución puede desembocar en consecuencias más graves para España.

   Después de las elecciones del 20 de Diciembre de 2015 transcurrió una legislatura muy breve. El Partido Popular, el más votado, ni siquiera se atrevió a presentar la candidatura de su líder y presidente en funciones del país Mariano Rajoy a una sesión de investidura. Pedro Sanchez, principal dirigente del Partido Socialista ,hizo un intento presentando la suya a una investidura fallida en la que contó con el apoyo de Ciudadanos. El resultado fue la disolución de las cámaras y la celebración de unas nuevas elecciones el 26 de Junio, es decir solo seis meses después. Nuevamente el ganador fue el Partido Popular que aumentó ligeramente su ventaja, los demás partidos variaron también algo sus resultados.Sin embargo los cambios fueron insuficientes.

   Esencialmente el esquema continuaba siendo el mismo. Los cuatro partidos con una representación mayor solo podían alcanzar la mayoría en el parlamento mediante agrupaciones amplias, o mediante la coalición de los dos principales: el Partido Popular y el Socialista. En el parlamento hay un quinto bloque formado por los diputados del los partidos nacionalistas catalanes y vascos, tradicional muleta en el período político anterior. Un acuerdo con ellos permitiría investir un presidente sin necesidad de una coalición más amplia; sin embargo la deriva soberanista de los catalanes, el grupo más numeroso, complica el acuerdo principalmente por su exigencia de un referéndum sobre la independencia de la Comunidad Autónoma.

   Mariano Rajoy, en medio de un ambiente cada vez más agobiante de estancamiento y bloqueo, trató de obtener la investidura los primeros días de septiembre fracasando él también al igual que el líder socialista unos meses atrás. Mientras tanto, el gobierno lleva casi 300 días en funciones en lo que representa una grave crisis institucional. Los partidos mantienen posturas enfrentadas que están dificultando enormemente los acuerdos imprescindibles en el nuevo panorama político.

   El bloqueo es el resultado de la aparición de los nuevos grupos políticos con planteamientos diferentes. Los partidos tradicionales no se han adaptado a la nueva situación olvidando que estos grupos precisamente han aparecido por el hartazgo de la ciudadanía con ellos y la búsqueda de nuevas formas de expresión. Los votantes culpan a sus gobernantes del empobrecimiento traído por la crisis económica y evidencian un rechazo a la corrupción que parece generalizada. Por otro lado en las comunidades autónomas con presencia nacionalista la tensión política ha llevado a maximizar sus peticiones.

   Sin embargo con ser grave esta situación lo más peligroso es que representa la manifestación en España de una crisis más amplia que afecta a bastantes países de occidente. En estos momentos en Gran Bretaña se ha producido la victoria de los partidarios de la salida del país de la Unión Europea, mientras los partidos de ultraderecha están obteniendo cada vez mejores resultados en toda Europa: Francia, Alemania, Escandinavia o Centroeuropa. En España no han tenido auge los partidos ultraderechistas, aunque como vemos han aparecido nuevos partidos, pero el fenómeno es el mismo: el rechazo de los ciudadanos a las élites gobernantes. Posiblemente la alteración con mayores consecuencias sea, de producirse, la victoria de Donald Trump en las elecciones estadounidenses. El empresario, un hombre ajeno al sistema político hasta el momento, se ha convertido en el candidato del partido Republicano y cuenta con posibilidades de convertirse en presidente de los Estados Unidos. Hasta la crisis financiera de 2008 había estabilidad política en los países occidentales. El deterioro político es la consecuencia del fin de la prosperidad para amplias capas de la población y de la pérdida de expectativas de mejora social.

  La crisis política española actual al responder a factores más generales, estructurales, que se escapan al control de nuestro país es de difícil resolución. No obstante nuestros políticos están mostrando una especial incapacidad para desbloquear la situación política por medio de una negociación que además tendría que dar respuesta al desafío soberanista de Cataluña. Se muestran endogámicos y ajenos a la realidad, tomando decisiones más ligadas a mantener el control sobre sus propias formaciones políticas que a buscar el interés general. Desbordados por la complejidad de los acontecimientos, parecen actores con un guión mal aprendido. Con su actitud pudieran estar conduciendo al país a unas terceras elecciones generales en las navidades de 2016 que incrementarían el desapego de la población hacia la vida política.

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“Y llegó la barbarie”, las guerras de Yugoslavia

Y llegó la barbarie

Recientemente, en marzo de este mismo año, se ha publicado el libro Y llegó la barbarie del profesor Jose Angel Ruiz Jiménez que es una interesante retrospectiva sobre las guerras de Yugoslavia ocurridas entre 1991 y 2001. Es de agradecer que por parte de un autor español se incorpore un asunto de la esfera internacional a la moderna producción historiográfica de nuestro país, siguiendo la estela del ampliamente citado en la obra Francisco Veiga.

El libro presenta una equilibrada estructura en la que destaca el primer capítulo dedicado a los orígenes del conflicto en la historia de Yugoslavia; a la forma en la que se produjo el nacimiento del nuevo estado una vez finalizada la Primera Guerra Mundial y cómo algunos odios se fueron gestado en los escasos años de historia del país.

Al hablar del que en un principio se llamó Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos el autor no ha valorado suficientemente, y esta quizá sea una de las carencias del libro, las diferentes expectativas de estos tres pueblos de cara a la unificación, que fue algo deseado por estas naciones, pero en la que Serbia tenía una clara pretensión de imponerse sobre las demás y en la que por parte de todos se olvidaron siglos de diferentes influencias culturales. Algo que por ejemplo explica el surgimiento del Estado fascista Croata amparado por Alemania durante la Segunda Guerra Mundial que llevó a cabo una agresiva política genocida precisamente contra los serbios.

Se realiza en la obra una valoración positiva de la política de Tito para consolidar la unidad de Yugoslavia mediante el surgimiento de la federación de repúblicas. Entonces aparecieron ya los esfuerzos de croatas y serbios para que Bosnia y Herzegovina no se convirtiera en una de estas repúblicas y fuera dividida entre ellas. Otro aspecto en el que se incide muy oportunamente es el proceso, que tuvo un gran impulso en los ochenta, por el que la intelectualidad yugoslava se vio arrastrada por el camino del nacionalismo y el revisionismo de la breve historia del país por motivos que se apuntan como espurios en la mayor parte de la ocasiones. No se ahorran críticas a los líderes de las federaciones, antiguos líderes comunistas reconvertidos al nacionalismo.

A lo largo de los capítulos siguientes, que forman el núcleo central del libro, se van desgranando las sucesivas guerras de Yugoslavia, desde la breve de Eslovenia, la de Croacia, la de Bosnia, la mas sangrienta y larga, para acabar con la de Kosovo que consagró la definitiva derrota de Serbia. Y es que los serbios son el hilo conductor de todo el proceso militar como no podía ser de otra manera.

Hay una detallada y amplia referencia a los numerosos crímenes de guerra y procesos de limpieza étnica cometidos por los diferentes bandos. Como suele ocurrir en los conflictos complejos no se trata de ver solo quiénes cometieron tal acción sino quién hizo dejación de sus obligaciones o miró para otro lado, como en el terrible caso de Srebrenica en el que se apuntan comportamientos culpables por parte del gobierno bosnio o soldados de las Naciones Unidas que en todo caso no justifican los crímenes de los serbobosnios.

En el libro se analiza muy bien el desgarro que sufren los serbios por lo que se denomina el “doble rasero” para analizar la situación de los grupos étnicos. Al iniciarse el conflicto los serbios se encuentran repartidos por cuatro de las repúblicas, precisamente su presencia en zonas de Croacia y Bosnia es lo que provoca las guerras, pero claramente la comunidad internacional no aceptaba romper los límites de las federaciones a la hora de reconocer las independencias pues significaba romper las fronteras europeas aceptadas por la conferencia de Helsinki de 1975. La solución ha sido su expulsión de Croacia y convertir a Bosnia en un estado enormemente complejo desde el punto de vista administrativo con dos miniestados en su interior, uno serbio y otro de bosnios y croatas. El desastre para los serbios ha venido cuando se ha producido la secesión de los albaneses de Kosovo que formaban parte de la federación Serbia de la que eran sólo una provincia. Kosovo, aunque no esté totalmente reconocido por todos los países del mundo, entre ellos España, es independiente de hecho y además tiene una minoría Serbia en su interior.

El problema de los pueblos y las fronteras internacionales se presenta en estos momentos como una “caja de Pandora” que nos lleva de Chipre al Cáucaso. Es fuente de interminables guerras y conflictos en estos momentos siendo una gran asignatura pendiente de las relaciones internacionales y punto de partida para la aparición de ese doble rasero que tantos resentimientos crea.

El Tribunal Penal Internacional para la ex Yugoslavia sigue siendo un motivo de fricción: los serbios consideran que la proporción de encausados de esa nacionalidad es muy alta en relación con otras como la croata, por no hablar del caso de Milosevic que fue extraditado en contra de las leyes yugoslavas y falleció en La Haya mientras se estaba celebrando su juicio.

La visión de las modernas repúblicas muestra el contraste entre las germanizadas y magiarizadas Eslovenia y Croacia, integradas en la OTAN y en la Unión Europea, y las repúblicas del sur que no terminan de encontrar su lugar en la esfera internacional. La corrupción ha sido un mal generalizado en todas las repúblicas. La mayor parte tienen graves problemas económicos con altas tasas de paro, probablemente el diagnóstico de Serbia sea el más duro: “estado empequeñecido, empobrecido, estigmatizado, envejecido y pesimista”. En su afán de buscar la objetividad parece en ocasiones un defensor de los demonizados serbios. El papel de estos como aliados de Rusia en la región les ha hecho sin duda pagar un alto precio.

En conjunto, el libro es un alegato contra el nacionalismo como ideología basado en el rechazo a los otros estados donde el otro pasa a convertirse en el enemigo.

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El fin de la Turquía de Atatürk

 

Atatürk

 

Los turcos son un pueblo asentado en la Península de Anatolia hace aproximadamente mil años. El surgimiento del Imperio Otomano a principios del siglo XIV se puede considerar como el inicio del Estado Turco, lo cual sitúa a este entre las unidades políticas más antiguas del mundo. Del mismo modo se considera pertenecientes a la etnia turca a diversos grupos habitantes en países de Asia Central o a los de la parte norte de la isla de Chipre.

Los turcos se habían convertido al Islam algo antes de instalarse en Anatolia. Aunque estaban étnicamente diferenciados de los árabes, no lograron alcanzar una personalidad tan acusada como la de los iraníes, debido a su origen nómada y a su menor bagaje histórico. El Imperio Otomano continuó su expansión por los Balcanes y Oriente Medio, conquistó Constantinopla, la capital del imperio Bizantino al que destruyó, y a la que pasó a convertir en su capital con el nombre de Estambul. Alcanzó unas dimensiones considerables y se configuró como una de las entidades políticas más importantes del mundo durante los siglos XVI y XVII en los que conoció su mayor esplendor al dominar a la mayor parte de los países ribereños del Mediterráneo Oriental.

En el siglo XVIII el Imperio entró en una etapa de decadencia que se prolongó durante el siglo XIX hasta su desaparición como consecuencia de la Primera Guerra Mundial. En este largo período Turquía era conocida en las cancillerías como “el hombre enfermo de Europa”; mientras fue perdiendo progresivamente la mayor parte de sus posesiones europeas, en sus territorios balcánicos nacían los nuevos estados existentes en la actualidad.

En agosto de 1920 se firmó el Tratado de Sevres entre el derrotado Imperio Otomano, representado aún por un enviado del último sultán, y los Aliados vencedores de la Primera Guerra Mundial. Turquía sería un pequeño estado, mantenía Estambul aunque perdía el control de los estrechos, tenía que ceder territorios a Italia y a Francia en Anatolia y Esmirna a Grecia, además se reconocía la independencia de Armenia y la autonomía de Kurdistán.

Sin embargo desde mayo del año anterior Mustafá Kemal, conocido por el nombre de Atatürk, se había negado a aceptar este orden de cosas y empezó a hacerse fuerte y a reunir un ejercito en el centro del país en torno a la ciudad de Ankara. En alianza con los soviéticos que habían consolidado su Estado comunista estableció las fronteras orientales de Turquía tal y como las conocemos ahora, Armenia quedaba reducida a una república soviética y el autogobierno del Kurdistán se evaporaba. En septiembre de 1922 Atatürk entraba en Esmirna mientras que la presencia francesa e italiana parecían ahora insostenibles.

En julio de 1923 se firmó el Tratado de Lausana entre los Aliados y el estado Turco creado por Atatürk. No fue un tratado como los otros firmados por los perdedores de la Primera Guerra Mundial, ni se parecía al de Sevres. El Imperio Otomano era algo del pasado, eso era cierto, sin embargo nacía la moderna República de Turquía en la que el sultanato y el califato habían sido abolidos. Un estado soberano donde el grupo étnico turco era el mayoritario, a su formación habían contribuido el genocidio armenio, la expulsión de más de un millón de griegos y el reagrupamiento de los turcos habitantes aún de los Balcanes, las fronteras son las actuales.

El gran éxito de Atatürk fue la modernización del país en el que realizó un fuerte proceso de occidentalización en sus costumbres y legislación, se erradicaron las influencias religiosas y el laicismo se implantó en la administración; las mujeres gozaban de amplios derechos. Se suprimió el uso del árabe en la escritura siendo sustituido por el alfabeto latino. En estos casi cien años el país se ha caracterizado por su estabilidad, aunque se han producido recurrentes intervenciones del Ejercito para mantener el legado de Atatürk. Turquía no participó en la Segunda Guerra Mundial aunque la mayor parte de sus vecinos se vieron implicados en ella. Finalizado el conflicto se convirtió en un aliado clave para los Estados Unidos frente a la Unión Soviética. En estos últimos años ha tenido un crecimiento económico importante gracias la instalación de la industria deslocalizada de los países occidentales y a su gran potencial demográfico. Los turcos han intentado entrar en la Unión Europea pero de momento han recibido largas.

El actual presidente de la república Tayyip Erdogan ha tenido que desarrollar su mandato en un contexto cada vez más complicado. La Guerra Civil Siria en su frontera sur es una fuente de inestabilidad y ha provocado la llegada de millones de refugiados a su territorio, a esto se suman los terribles atentados del Estado Islámico en el último año. La consecuencia de esta presión ha sido un acercamiento cada vez mayor de su gobierno a los postulados del islamismo más radical con el consiguiente alejamiento del legado occidentalizador de Atatürk.

El 17 de Julio último se ha producido un intento de golpe de estado por parte de grupos militares supuestamente prooccidentales; Erdogan ha culpabilizado como instigador al clérigo Fetulá Gülen exiliado en Estados Unidos, mientras que otros hablan de un autogolpe para iniciar una represión. Las consecuencias de lo ocurrido están siendo dramáticas. Además de los 200 muertos de las primeras horas, por el momento en menos de una semana se han producido varios miles de detenciones incluyendo a una tercera parte de los generales y almirantes y hay cerca de 50000 purgados entre jueces, policías, decanos de universidad, profesores y maestros. Es evidente que tantas personas no pueden estar implicadas en una conspiración a la que se supone un cierto grado de secretismo, el comportamiento del gobierno turco recuerda al de los que formulan “leyes de sospechosos”. Lo que se está descabezando es la esencia del estado laico creado por Atatürk hace casi 100 años. No es aventurado pensar que Turquía iniciará una deriva hacia el islamismo radical. Más complicado es vislumbrar en estos momentos cual será su evolución ante vecinos como Rusia o Irán o su papel en el complejo conflicto interno Sirio.

 

 

 

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